
No sé si es este calor sofocante o es que de verdad me estoy volviendo loco… Hay días, como éste, que parece que su recuerdo no me quiere dar tregua.
La conocí siendo un chiquillo, con solamente dieciocho años. Llegó a mi vida como un torbellino y logró que hasta mis más arraigadas ambiciones se tambalearan. Era todo vida, rebeldía contenida en un cuerpo tirando a pequeño que, a veces, hasta me asustaba. Parecía no tenerle miedo a nada y yo, que de aquellas era capaz de comerme el mundo, sentí por primera vez que era justo lo que necesitaba… Me fascinaba su manera de ser, tan llena de ironías, de misterios que quería descubrir, de curiosidades que me encapriché en saciar, de ideas locas que me esforcé en contener…
Ella no era de nadie, eso decía. Algo tan sencillo que llegó a obsesionarme desde el mismo instante en que lo pronunció. Desde que tengo uso de razón, cuento con la tenacidad suficiente como para conseguir lo que me propongo. Claro que hay desafíos y desafíos…, y la juventud parece infectarnos con un virus muy patógeno llamado pasión que nos hace perder la objetividad a la hora de enfrentar los retos.
Fueron los tres años más bonitos y lamentables de mi vida. En ese tiempo conseguí su primer beso y, ¡OH!, su primera caricia… Nunca hasta entonces pude imaginar que el deseo consiguiera nublarme la razón… Gestos tímidos y llenos de rubor que cuanto más temblaban más me enloquecían… La necesitaba, la quería. Me olvidé de todo menos de querer sentirla. Buscaba su roce, su beso, su mirada. Un minuto sí y otro también. Como un enfermo, cuando se marchaba, me pasaba horas pretendiendo oler entre mis manos el perfume de su piel.
Llegué a escribirle cartas absurdas de demente desesperado, le dije te quiero más de un millón de veces y hasta le escribí un poema… Eso sí que fue torpeza… A nadie en su sano juicio se le ocurriría escribir un poema a un poste de teléfonos… Será que el amor me atontó de verdad… Y cuanto más me atontaba más corto ponía ella el coto de las caricias. Hasta que un día muy tranquila me dijo “se acabó”. Lo dijo tranquila y segura, con la serenidad y el aplomo que no dan pie a la réplica. En ese momento quise odiarla, no voy a negarlo, pero desde entonces hasta hoy no he podido hacerlo…
Llevo años buscándola a todas horas. Mujeres que pasan por mi vida sin conseguir borrar su huella. Siempre acabo comparando, ella no haría esto, ella no diría esto… Años vacíos que quizá he vestido de cobardía, porque no he sabido enfrentarme con todos mis miedos. Miedo a que mis ambiciones no fueran tan grandes como sus sueños, miedo a no saber luchar por ella… Y así estoy, viviendo de recuerdos y sintiendo como el amor de mi vida se me ha escurrido entre los dedos…
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