
Entre tú y yo… Llevo muchos años con la extraña sensación de que mi vida es una total inercia. Te lo paras a pensar y parece, al menos con una mirada objetiva, que he estado dando tumbos a ciegas… No sé la de veces que daría mi vida por un cambio radical, uno de esos en que rompes con todo y empiezas de cero, esperando nuevas oportunidades, empezando nuevos proyectos, conociendo gente nueva y adelantando los pasos de una vida que te espera feliz… Pero se da la casualidad que esto todo, todo, ya lo he vivido lo menos cuatrocientas veces. ¿Y qué cambia? Nada, absolutamente nada. Todo sigue el mismo curso. Abandonas aquello por lo que has luchado porque ya te cansa y no ves salida, llegas con tus mejores ilusiones a la Tierra Prometida y te dices en alto, bien alto para que no haya duda de que te escuchas: “ Ahora es tu momento”. Y lo es. La verdad es que lo es. Por lo menos yo lo he vivido así. Claro que no es un momento en concreto, sino una larga sucesión de momentos que vuelven loco a cualquiera. No pienses que soy una inconstante, que no lo soy. Creo más bien que tengo mala suerte… No te rías, por favor…
¿Sabes qué pasa? Uno se empeña en vivir la vida con muy poca coherencia. Ponemos buena cara, nos mostramos mimosos, las mejores personas del mundo mundial un día, y otro, y otro… Sólo somos nosotros mismos cuando nadie nos mira. Y no me digas que no, por Dios. Desde que tenemos uso de razón se nos educa de esa manera, hay que ser buenos y amables. Cierto, eso está muy bien, no lo discuto. Pero nadie nos enseña a ser buenos con nosotros, a ser sinceros con nosotros, a hacernos cariñitos a nosotros. Y así pasa lo que pasa, que un día te ves de verdad y depende de cómo te pille reaccionas. Mírame a mí, por ejemplo. Una infancia desarraigada pero feliz, una adolescencia conflictiva pero feliz, una juventud de búsqueda continua y ya no tan feliz, y hasta ahora, llegando casi al medio siglo donde de pronto, abro los ojos y me veo más perdida, desorientada y desgraciada que nunca. Y no hay quien me quite de la cabeza que es la consecuencia de no haber sido buena conmigo, de escasear en mis mimos. Casi cincuenta años poniendo la mejor de mis sonrisas, diciendo sí cuando quería decir no, aguantando las visitas como si fueran bien recibidas cuando en realidad, y esa es la verdad, maldita la hora en que venían a tocar las narices… Pero claro, a nadie se le ocurre darle con la puerta en la cara a ese amigo o ese familiar que se acuerda de ti y te quiere tanto… ¡Eso no se hace! No lo hice, no, me sabía muy bien el papel de la película y me ceñía al guión estupendamente. Pena que los premios Oscar no supieran de mí, que unas cuantas estatuillas me habría ganado.
Te lo digo sin ningún tipo de pudor, como lo siento: hasta el momento he sido una de las mayores hipócritas de la historia de la humanidad. No exagero para nada, creo que ya me conoces bien, lo que pasa es que me tienes idealizada… Eso o que tú sigues la misma andadura y no lo quieres reconocer. Te digo yo que si las personas supieran, por ejemplo, el día exacto en que se iban a morir, otro gallo cantaría… Seguro que el mundo era mejor, porque peor que esto ya me dirás… Ríete, sí, a mí si me dicen que me quedan veinticuatro horas de vida, intentaría ser la persona más feliz, llevarme de aquí la satisfacción de haber sido yo misma aunque fuese brevemente… No perdería el tiempo en memeces, lo aprovecharía al máximo para disfrutar de lo mejor de mi vida: yo… Oye, ¿tomamos otro café?
Tags: relato corto, confidencias