
Existe una isla perdida en medio de un basto mar. Su tierra está anegada de colores. El follaje de sus árboles es de un verde extraordinario y las flores esparcen su aroma tan intensamente que incluso pueden hacer llorar. La arena de su playa es limpia, sin huellas. Alguna rama muerta ha dejado el azar por aquí y por allí. Las olas traen rumores nunca oídos y la brisa es una caricia de un universo especial.
La habitan pájaros desconocidos, de vivos colores, y con sus trinos parecen cortejar al silencio. Hay una paz inmensa. Tanto que puede tocarse. Todo es único. Incluso el capricho de la naturaleza con sus pataletas de tormenta parece ser clemente con el lugar.
El día transcurre ajeno al tiempo. Es el reloj de la vida el baremo perfecto para dejar que todo siga su curso. El mar besa la playa millones de veces. Llega con fuerza y se va despacito para volver de nuevo. A veces se acerca más lento. Trae ecos de caracolas y luminiscencias de espuma. Trae esencias de su mundo que la arena retiene y convierte en partes de ella misma. Por momentos, la brisa hace murmurar a las ramas. Las hojas hablan entre ellas, protectoras con los nidos que cobijan. El insecto se demora en la flor. Porque no hay tiempo, se ha detenido. La flor lo seduce y permanece sumisa, abandonada, dejando que él se alimente de ella. Y lo hace. Saciada el hambre vuela satisfecho, ajeno a la vida que va desprendiendo, la que creará más vida...
El sol parece algo cansado. Poco a poco va descendiendo hacia el mar. El horizonte lo espera. Le prepara un lecho infinito en el punto exacto en el que declinará. Ya queda poco. El agua parece teñirse de naranja apagado. Surgen brillos, diminutos, oscilantes, intermitentes sobre el ondeante cuerpo del mar.
La luna va apareciendo en la ventana del cielo mostrando a penas su perfil al mundo. Viene con su séquito fiel de estrellas.
Es la hora mágica. El mar se apodera de todo aquello que se refleja desde la altura, se apodera de sus destellos , los posee y juega a mecerlos sobre su piel. Cuerpo de agua que respira tranquilo, acompasado. Todo es silencio. Unos grillos se cuentan secretos entre la vegetación dormida. El oleale es a penas un rumor cuando llega a la arena, acaso alza un poco la voz al chocar contra alguna roca.
Es la hora mágica. Una voz de mujer acalla los ruídos. Una voz dulce, de otro mundo, estremece el alma entera de todo lo que duerme y habita en la isla. La luna se elava un poco, quizá quiere verla. No hace falta... La voz rompe el tiempo y cualquiera puede mirarse en ella. Mirarse y no verla... Sus palabras son de miel viajando entre el agua. La melodía emerge cálida desde las entrañas mismas del oscuro mar. Se distingue el sonido del arpa sabiamente guiado por unas manos blancas, pequeñas.
La isla aguarda. La voz femenina continúa fluyendo, se nutre en la luz del firmamento, y su esencia va apoderándose de la savia del árbol hasta la de la más diminuta de las hierbas. La canción es lenta. Lenta voz de apresurados sentimientos... La luna llega a su trono... Es el momento... La brisa se retrae consciente, la tierra abre sus ojos con respeto, la mar contiene la respiración y queda inmóvil. Un resplandor de fuego surge entonces en un acorde. De todo lo que es callado y guardado surge ella. Su torso blanco de mujer brilla brilla bajo los infinitos besos de la sal. Entre sus brazos sujeta y tañe a la vez su arpa, mientras unos rizos mojados guardan su corazón. La luna ha crecido un poco, pero su luz no hace falta, esa voz lo ilumina todo... Sus ojos grandes son de color caramelo y dejan que su mirada se pierda, tranquila, en el infinito. Mueve los labios, sensuales como ninguno, con serenidad e impaciencia. La canción se hace sonido entre sus dientes y su lengua... Y el mundo tiembla...
El mar desciende. Puede verse su cintura estrecha. Blanca e inmóvil. Libre y toda. Pueden verse incluso, un poquito, sus caderas... Sigue cantando. Sigue clamando. El mar se descuida y deja ante los ojos de la noche sus escamas de sirena... Un arco iris perfecto de colores no inventados se alborotan en su cola. El viento se atreve a besarla, muy fugazmente, y luego escapa entre los caracoles de su roja melena.
El cielo pronto se hará más claro y la sirena llora... Lágrimas llenas de amor se deslizan por sus mejillas... Siente tanta nostalgia... Es la hora triste. El mar se crece con codicia para abarcarla... La aurora vence a lo oscuro y, poco a poco, la mujer desaparece. Su voz aún no, ella reclama, se queda prendida en todo aquello que despierta con el alba... La sirena llora y la luna en su lento retroceder conjura cada una de sus lágrimas. Se harán rocío... Se palpa un eterno instante triste, pero el mar no consiente que su princesa se le vaya...
Todo despierta. La vida sigue otra vez, un día más, tendiendo trampas... Bajo el agua un castillo y dentro una alcoba de algas. La sirena enmudece y guarda su arpa entre corales. Se acurruca a penas, abrazada a su cola. Su pecho desnudo contra las escamas. Los rizos a un lado de su cuello, mientras ella siente un frío extraño en su blanca espalda. Quizá mañana, suspira y piensa... Cantará de nuevo por si él la escuchara. Ella confía, prometió rescatarla. Cierra los ojos y se guarda el alma. Lo echa de menos. Cantará noche tras noche, con tormenta o luna clara, para siempre... Él sabrá encontrarla. Con mucho cariño la subirá a su barca... Ella esperará, esperará a que llegue...
Y llegará la hora feliz... Él vendrá lleno de mar y ella se irá libre de escamas...
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