
¿Dónde está? ¿Alguien lo ha visto? Todos creen que sí, que en mayor o menor medida han sido los poseedores de su esencia. A la hora de la verdad, nadie está seguro.
Cada uno a su manera lo experimenta de forma sublime y única. Y cada uno a su manera lo reprocha, maldice y odia cuando se extingue.
Como no tengo nada mejor en lo que pasar los días, además de que me divierte sobremanera, observo y analizo ese gran mito que se apodera de la razón y transforma a las personas, sacando de ellas lo mejor y lo peor. Le llamo mito y habrá quien se ofenda. Bueno, que no cunda el pánico ni se me condene a la hoguera de los herejes... Si le llamo así es porque el amor, como tal, es un tesoro muy escondido que en muy pocas ocasiones, y sólo entre seres privilegiados, se puede disfrutar. Lo que comúnmente se llama amor, es de otra pasta... Ese concepto, el maltratado, es el que despierta mi interés y acrecienta mi escepticismo.
El mundo cambia y las personas con él. El mundo evoluciona y las personas..., bueno, aquí cada uno hace lo que puede. Lo que sí es cierto, y eso nadie me lo puede objetar, es que todo ha mudado sustancialmente. Hubo un tiempo de cuatro estaciones claramente definidas que ya no existen, de la misma forma que hubo un tiempo en que la gente se trataba y realmente llegaba a conocerse y algunos, con el tiempo, se enamoraban de verdad. Claro que entonces había tiempo, se tenía... Repito la palabra a propósito para resaltar ese concepto tan ambiguo: tiempo. Hoy parece que ni nosotros lo tenemos ni él nos tiene a nosotros. Sin embargo, con tanta evolución, superación y marcha hacia adelante, es lo único que sigue intacto: el tiempo. Y, desde mi modesta opinión, es más que necesario para que surja el amor, el de verdad, el tan deseado...
Bien situados, ya hemos comprendido la metamorfosis de nuestra forma de vivir, actuar y sentir. Somos muy listos, caminamos erguidos, tenemos un extraño don que se llama razón, unos más que otros, y otro que se llama palabra. Somos tan inteligentes que abrimos mundos donde no los hay, combatimos enfermedades que no se sabe de donde vienen e incluso, y esto sí que ha sido difícil, hemos sabido perfeccionar nuestra forma de comunicación... ¿Seguro? Claro. Queda muy lejos el retumbar del tambor en la selva, las señales de humo entre las tribus, los mensajes secretos del movimiento de un pañuelo o de la pose de un abanico... Queda muy lejos la espera de una carta que atravesaba lentamente caminos intransitables, océanos, montes a caballo... ¿Cómo se entenderían, verdad? Pues se entendían, las señales llegaban a su destino, donde eran aguardadas con impaciencia, de la misma forma que regresaban: intactas.
Hoy todo es instantáneo. Ya no hay que esperar. Romeo y Julieta ya pueden comunicarse en un segundo, aunque uno esté en China y la otra en Australia... Podemos jugar, hacer amigos y guardar confidencias en directo, salvando distancias, zonas climáticas y horarios... ¡Qué listos somos!
Efectivamente, queda claro y no hay ninguna duda de que hemos sido capaces de perfeccionar nuestra forma de comunicación... Lo triste es que habrá que esperar Dios sabe cuantos años a que, de alguna manera, involucionemos para recuperar lo que, entre tanto avance, hemos perdido: la comunicación. Seguro que entre quienes lean esto habrá, quiero creer que sí, algún escéptico como yo que comprenda y sonría... Menos mal, eso quiere decir que al menos ni él ni yo nos hemos dejado arrastrar por la forma y hemos sabido proteger el fondo...
Ahora ya puedo mostrar desnudo lo que hoy se entiende como amor, teniendo en cuenta que el tiempo es escaso pero la comunicación una maravilla...
Extracto de " ¿Alguien ha visto el amor?"