miércoles, 09 de septiembre de 2009



   

   [...] Manolo llegó a mi vida una mañana de enero lluviosa en la que mi paraguas se había negado a cometer sus funciones. No lo conocía más que de vista, de cruzarnos metro arriba o metro abajo en el mismo sitio. Ambos estudiábamos, creo que él más que yo porque a mí el estudio tradicional me aburría… Como un caballero, me abrió sabiamente el paraguas, después de habérselo puesto literalmente en las manos soltando un “hola, ¿me ayudas?”, que todavía hoy no sé si lo tomó como una pregunta o una disposición…

    Podría pensar que el destino nos ponía a tiro, podría. Pero la verdad, que hay que ser sinceros al menos con uno mismo, era que Manolo me atraía de una forma totalmente irracional. Aquella mirada tímida que se cruzaba con la mía una décima de segundo, el olor que dejaba al pasar, su forma segura de dar los pasos al caminar… Sí, me atraía mucho, aunque era un desconocido. Pensando en la forma de cambiar esa insignificancia, la madre naturaleza con su lloriqueo invernal y la casualidad me pusieron en bandeja el momento y lo cacé al vuelo. Lo peor que podría pasar sería que me mandara a freír churros…

    Yo venía de una mala época, la de los quince años, que me había dejado traumatizada… Creo que nadie en el mundo aguardó la llegada de la quince primavera con semejante expectación y nerviosismo. Cerraba los ojos y me imaginaba en un campo lleno de margaritas, abrazada a ese ser superior que siempre es el primer amor y fundidos en ese beso místico y eterno que es el primero… Sí, ya, ya sé que tengo mucha imaginación…

    El caso es que llegaron los años esperados y, al cabo de trescientos sesenta y cinco días, se fueron con pena y sin gloria. Todo ello con el agravante del silencio, de no poder contárselo a nadie porque nadie me entendía. El ambiente en mi casa era muy estricto para esta clase de “ilusiones” y mis amigas ya tenían una lista numerada de chicos con los que habían tenido esto o aquello… Lo de mis padres lo puedo entender, porque supongo que su única pretensión era hacer de mí una buena persona, que lo soy, a la vista está, aunque no hayan podido evitar que mi concepción de las cosas sea un tanto peculiar… Pero lo de mis amigas por más vueltas que le doy, tengo la sensación de que algo se me escapa. ¿Se necesita una lista numerada de cuando empiezas, terminas, besos, caricias, roces y nombres, por cada chico que pasa por tu vida? Hablo en presente porque estoy en contacto con alguna y todavía lo hace… [...]


    Extracto de " ¿Alguien ha visto el amor?"

                       


Tags: placer, descubrir, amor, confundir

Publicado por Dana-B @ 17:50  | Narrativa
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Comentarios
Publicado por Tio Antonio
miércoles, 09 de septiembre de 2009 | 20:56
Qué relato tan nostálgico. Hay tanto que recordar en la niñez, lamentar en la adolescencia y resignarse en la madurez y llorar en la vejez...
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Gracias por tu visita a mi blog. Me dí cuenta anoche, de casualidad. El pobre está muy solitario y para acceder a él, tuve que abrir una cuenta en gmail que casi nunca uso y es la que me informa de los comentarios.

Un saludo. Vacilando
Publicado por Dana-B
miércoles, 09 de septiembre de 2009 | 22:56
Ay, Tío Antonio... Qué razón tienes en las etapas de la vida... Y en lo de la cuenta gmail... que menuda lata. Pero el blog lo tienes muy bonito y con historias que merece la pena leer. Así que desde aquí te mando un abrazo, muchos ánimos y tú, si tú, el que está leyendo este comentario... venga a hacer clic en los enlaces donde pone "escritor: ANTONIO PEDRO GRANDE REY... vamos, venga, que estoy mandona... Gracias, Tío Antonio.Chica