[...] Cuando se me pasó el disgusto, al día siguiente, es que no sé ser rencorosa, decidí aceptar los besos de Manolo aunque no fueran lo idílicos que yo quisiera. Menos mal, porque mira que me llegaron a gustar…
De su mano descubrí el placer y mi forma de sentirlo. Él me lo mostraba desde una perspectiva acaso convencional, pero yo me adentraba, a mi manera… Las manos invadían bajo la ropa el pecho y la espalda del otro, se guiaban solas, investigando, mientras los labios se dilataban en el juego del beso que abre caminos en la pasión. Muchas cosas se dilataban con tanto roce y besuqueo, no sólo los labios.... Y muchas humedades me hacían hervir en deseo, y no sólo las de la saliva… Me dominaba. Excitación, goce, el galope de los sentidos pidiendo más sin pedir, guiando el disfrute hacia terrenos más íntimos y, como no, más deseados. Hasta que llega ese instante en el que la ropa definitivamente estorba, los gestos tartamudean desabrochando botones y deslizando cremalleras de esas prendas que los contienen… Llega, llegó, ese instante en que se descubren los cuerpos, desnudos, ofrecidos, pidiendo con el olor la caricia que los invada, la mirada que los retenga y esa danza, heredada del reino animal, en la que el placer exige, da, se expande, se contrae, hasta que todo es confuso y en lugar de dos personas hay un único abandono en el que parecen coexistir la eternidad y el infinito… ¡Sublime! Incluso el dolor de esta primera vez me pareció sublime.[...]
Extracto de " ¿Alguien ha visto el amor?"