
[...] Dos días me duraron las agujetas y fue maravilloso, porque a la mínima expresión de éstas, revivían las sensaciones, los olores, me excitaba.
Hubo unos cuantos encuentros así, intensos, en los que ambos nos transformábamos por completo. Cada momento que teníamos terminaba siendo un remolino de sudor y lujuria que se pegaba a mi piel durante horas… Pero nadie lo olía. Eso me llamaba mucho la atención. Llegaba a clases o a casa y parecía que sólo yo percibía el aroma de los secretos de nuestros cuerpos. Nadie más, ¿sería normal?
En algún momento, no sé ni por donde vino, llegó un “te quiero” de Manolo. Lo que darían la mitad de mis amigas por algo así… Yo no sé por qué, en ese preciso instante, tuve la extraña sensación de que todo se iría al garete… Yo no lo amaba, yo lo deseaba simple y llanamente. Disfrutaba como una loca saciándome de él, sintiendo como él se llenaba de mí. Pero “eso” no era amor… Creo que le dolió mi indiferencia ante su sinceridad. ¿Qué podía hacer? ¿Mentirle? Opté por callarme y que pensara lo que quisiera, esperando encontrar algo que suavizara la situación y que no encontré.
Extracto de " ¿Alguien ha visto el amor?"
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