
[...] Con suavidad me desnuda y, entre besos que no dudan, mi cuerpo blanco se entrega a sus ojos. Y vibrando lo desnudo, y su piel cae sobre la mía, pasión contra pasión, saliva contra saliva. Todo pierde su significado, todo excepto el sentir, que se vuelve más profundo y tangible en cada fibra, en cada nervio… Su boca sabiamente aturde mi conciencia, mientras su lengua anda y desanda despacito, dejando un rastro de cosquilleos que me enloquecen como nunca, nunca. Una pasión animal se adueña de mí y casi no me deja respirar. Mi cuerpo parece acapararse de un estado diferente, todo sensibilidad, todo inesperado e imprevisible, todo hacia la búsqueda del placer más profundo… Su boca se adueña de mi isla secreta en un beso diferente, y el campo que oculta se sacude, más allá de cualquier previsión, ante una lengua que hace estragos en cada pliegue del terreno, en la pequeña montaña que vigila expectante… Y mis labios se convierten en los amos y señores de su barca ardiente, que infla sus velas al contacto inexperto pero con expectativas… La semilla del deseo es incubada con el gesto inusitado y virgen en todo su desconocimiento. El atrevimiento de mi placer lo provoca y la marea se hace insostenible…
La barca llega a la isla y navega por ella, navega y navega cada vez más rápido, aguardando el instante en que las dos entidades se confunden en una sola cosa… Mis olas rompen encolerizadas contra su barca… Un hombre y una mujer se rompen en una única emoción. Truena arriba y, abajo, mis gritos arrancan de la vida misma. Y cuando la tormenta ruge desenfrenada, en un último embiste de furia, el cuerpo femenino se arquea acogiendo la sustancia del hombre, celoso de soltarla… La naturaleza parece, como nosotros, haber recuperado la calma.
¿Quién lleva las riendas del deseo? ¿Quién impide que el caballo se desboque en este galope al trote, manteniéndolo obediente?
Acaricio su cuerpo tendido. Lo beso lentamente y lentamente me pierdo en el sabor de sus labios, que saben a mí… Todo me sugiere un camino a amarlo, a no poseerlo, a sí entregarme poco a poco, sin prisas y sin tiempo… Pero el tiempo resbala sobre nosotros, nos impregna.
Algo sublime me arropa con su nombre. Algo en lo que, cada uno a su manera, se vive y se siente.
Extracto de "Mea culpa"