
Me has invitado, ahora, cuando no navegas,
deslizaste tu barca sobre el ocaso del mar,
la sal en la caricia, el olor de las algas,
el perfume maestro de su inmensidad.
Navegué a tu lado sobre espumas no tocadas,
entre rocas que gemían al sentirse lacerar
por ese constante arremeter del agua
contándole al silencio lo que nadie escuchará.
Me gustó el paseo sobre un mundo de sirenas
en las que nadie cree ni ha visto jamás,
sólo el marinero que navega en su barca
y sólo yo, que me sentí navegar.
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