
Un leño ardiendo..., el calor de la vida que surge de la muerte. Brasas que cobijan entre los tonos del fuego la esencia de lo que fue.
Un leño crujiendo, exclamando entre humo lo poquito que le queda en su interior... Y arrimamos las manos, buscando la calidez. La mirada se queda suspendida entre mil chispas que no se quedan quietas.
El humo, como el alma del tronco, como si lo fuera..., elevándose hacia un nada que ni llama la atención.
Y el olor..., ese olor único de la materia que combustiona, de la naturaleza tierra enfrentándose con la naturaleza fuego..., un olor que nadie apresa, que nadie aspira sintiéndolo...
Un leño ardiendo para ti puede ser fuente de energía, nada muere todo se transforma... Para mí es una mano tendida entre el naranja para pensar. Pensar como todo se va más rápidamente de lo que creemos... Un árbol centenario no dura un invierno de una chimenea...
Un leño ardiendo me dice que todo es fútil..., perecedero...
Por eso hoy, frente a este leño ardiendo, te abro mi corazón, así, con su fuego, con el humo de sus sueños elevándose en palabras, con el cuerpo que lo guarda desdoblándose hacia ti.
Al final, seremos dos leños ardiendo, quizá bajo el mismo fuego, quizá en chimeneas separadas... ¿Quién lo sabe?
Hoy, todavía somos los árboles que los sustentan. Por eso hoy quiero enredar entre tus ramas las mías, sentir el verde de tus hojas acariciando los brotes de las mías... Elevarnos hacia el cielo como si fuéramos inmortales, sin pensar en que mañana, algún mañana, seremos como dos leños ardiendo... Nada.