
Ojos de niña, curiosos, sin miedo, investigándolo todo, cada luz, cada matiz, cada sombra...
Bendita imaginación infantil, que todo lo puede... Creo que es cuando más cerca estamos de ser dios. Todo es posible, mágico, diferente. Cuando miro el mundo con los ojos de niña, aunque los golpes de los años lo hayan teñido de blanco y negro..., se me antoja de color... Por eso no quiero crecer, no quiero sentir las cosas de otra manera. Si crezco, dejaré de ver y sentir. Si crezco, la realidad sólo podrá ser eso, sin abrir un poco de esperanza a que sea de otra manera... Pasaré de ser niña a ser anciana. Así, sin edades en el medio. Aunque los días avancen cumpliendo años, no importa. Cuando sea anciana, seguiré viendo el mundo con mis ojos de niña, seguiré sintiendo el mundo con mi corazón pequeño... Podré estar despeinada porque la travesura de aprender es un juego divertido, podré tener arañazos en las rodillas porque he construído un refugio para guardar sonrisas, podré tener moratones en las piernas de saltar a lo loco para llegar a aquel abrazo que está tan arriba... Podré hacer muchas cosas que si crezco no se me consentirán... Y ya anciana, con las risas y los llantos acurrucados en mi piel, podré seguir con mi pelo blanco alborotado, corriendo tras la niña que, en el fondo, nunca he querido dejar de ser... Y, creo, que seré la niña y la anciana más feliz del mundo.