
Juguemos a no ser diferentes
ya que en el fondo somos iguales,
porque la misma vida nos alienta
y la misma vida nos vuelve mortales.
Juguemos a ser los cachorros
que no entienden de etnias ni razas,
dando vueltas en un campo de alegría,
saltando entre el asombro y la esperanza.
Juguemos a no medir nuestro imperio
por el oro guardado en sus arcas,
sino a ser ciertamente ricos
en cariño y lealtad para quien nos aguarda.
Juguemos a ser libres
de lo supérfluo que nos atrapa,
dejando que el corazón también juegue
sin las cadenas y los rencores que lo apagan.
Juguemos a ser sinceros
y a aceptarnos con nuestras manchas,
a respetar al compañero siempre
y a no exigirle tanto al mañana.
Juguemos a ser humanos,
sin prejuicios ni hipocresías,
juguemos a regalar abrazos
que en el fondo es muy corta la vida.