
He llegado desde donde no hay tiempo,
desde donde nada se mide pero todo es valor,
desde donde las noches se llenan de magia,
desde donde los días son ofertas de amor.
He llegado cubierta de hojas
desde donde la muerte se torna vida,
desde donde todo es importante y valioso,
desde donde todo es puro y no hay mentiras.
Y te he traido unas rosas de otoño
que huelen a primavera tardía,
para que el aroma de sus pétalos de oro
te enseñara a amarlas hasta con espinas.
Y he estado ahí, sentada en un ramo,
con rizos de sol aguardando por ti,
callada, observando lo que hacías,
tendiéndote mi mano para hacerte feliz.
Hoy me voy, envuelta en mis hojas,
regreso a ese mundo del que he venido,
donde el rencor todavía no se ha inventado,
donde la amistad es un templo protegido.