
Breves sucesiones de cosas tristes
parecen tejerse entre sus dedos,
como si un crepúsculo aguardara
a sobrecogerse entre sus lamentos.
Un ocaso que encierra en sus manos.
Un perdón que vehemente persigue,
vagabundo, en cada noche en la que entra,
buscando la estrofa que alimente sus jardines.
Parece que la señala el tiempo,
los versos y los pinceles de los que fue musa.
Sigue tejiendo, ausente, el hilo del recuerdo.
Sigue esperando el perdón que no llega nunca.
