
No puedo sentir sin presentir. No, no puedo. Quizá por eso voy huyendo de mí misma, deteniéndome a veces en el goce del recuerdo, sufriendo dulcemente en él. Sí... En el recuerdo se sufre lo que ya no está. El eco de las voces que nos susurraban vuelven. Vuelven los cuerpos que dormían a nuestro lado, aquellos que con furiosa entrega nos hacían estallar en caricias. Vuelven los otros cuerpos, los futuros que ya se han ido, los que sentimos uno a uno más intensos y verdaderos, infinitamente superiores a los precedentes, infinitamente inferiores en el dolor del olvido a los que les seguirían...
Todo pasa. El juego de la vida sacia nuestra sed y nos deja secos para buscar de nuevo su manantial. Nos convierte en ladrones de los sentidos, atesorando risas y palabras y deseos. Hasta que un día nos damos cuenta de que es insuficiente. Nos sentimos perdidos, desnudos ante el tiempo que nos acecha, vacíos en la soledad que viene monótona a nuestro encuentro. Y llega el presentimiento, de puntillas casi, levemente, como sin intención. Lo notamos. Nos inquietamos. Intentamos engañarlo y él se deja hacer, paciente, hasta que lo buscamos, lo encontramos y nos acercamos a él.
Ahí está de pronto, el martilleo nervioso del corazón, la voz que imaginamos en el rostro que no vemos. Pero sabemos que está ahí, en algún lugar, bajo el vestido iluminado de cualquier noche, entre el desorden de mil pasos que caminan... O acaso aguarde, presintiendo lo mismo, tan lejos de ti que no lo alcanzas, pero buscándote también, sabiéndote también... Recreándose quizá a la vez que tú en la palabra que te inventa, en los ojos que dibuja, en la rosa que imagina sostienen tus labios, con esa gota diminuta de rocío que aprehende su esencia misma... ¿Cómo sentir sin presentir? ¿Cómo no guarecerse en el recuerdo? Quizá por eso a veces salgo de mí misma e intento fundirme con esa mágica sensación de que, aunque no lo sienta aún, ya lo estoy presintiendo...

Tags: sentimiento, presentimiento