
Cruje la materia en reversibles mutaciones para dotar a la piedra y al mármol de vida, de sangre, de muecas conspirando el murmurar secreto del corazón. No se puede reprimir al amor ni cuando declama al cincel. Impacto a impacto reza el rechazo dando forma a la imposibilidad del no ser. Frunce los labios el desespero y en la esterilidad de la caricia musita el brote del tacto que espera un deseo, una súplica, un quédate.
Camille rompe los sentimientos vagabundos que penetran silentes su obra. Engendra y transmuta pariendo las formas que no se quejarán al transfigurar el dolor de su despecho. Qué pecado enamorarse y sucumbir ante su propia rebelión. En La edad madura arrodilla su propia poesía hasta arrancar al arte su soledad. Convierte al bronce su alma agrietada y las figuras cobran forma rindiendo pleitesía al caprichoso hilo de la decepción. Encarnado entre los pliegues sólidos queda el inestimable talento que, desnudo de prejuicios, hizo de una regla de tres orgánica belleza exorcizando el desamor, con un instinto en sus dedos puliendo los cantos de su propio calvario. Bronce consagrado a golpe de martillo, incisiones dando forma a una realidad peleada con el milagro. La filiación de lo inmóvil entrecruza la llaga que a la vez esculpía en la carne esa carnalidad enamorada con el estigma creador y el acento de una sensibilidad dividida, ilimitada. ¿Dónde refugiarse del nudo apretador del que pierde? ¿Dónde condoler sin arquetipos la herida invisible del destino?
Hay algo discreto bajo el bronce expresivo, algo áspero que nos rinde a un retroceder incomprensible a su propia anticipación. Se escucha mucho más que el latido de un cuerpo declinado, un latido más desgarrador, muriendo de pena, agarrando al hombre que no se quedó. Porque él se va al reverso mismo de lo que Camille era y, en ese partir que la desengaña hasta de sí misma, ella nos brinda algo más que su obra... Nos brinda su esencia genial puliendo el laberinto de la vida, sus metáforas de encuentros y desencuentros para vestir de Arte la frustración de la eterna espera con su enguantada ironía.
Pedazo a pedazo decapita la legitimación de lo quieto mientras que una página injusta escribe su nombre en un preludio superficial, alejado de la mujer definidora de un poema escrito en duros elementos que, a su caricia, reblandecen para atravesarnos hasta los huesos. Fue Camille una artista en la cornisa voluptuosa de la entelequia capaz de extraer de sus frutos la pulpa de la emoción. Fue cordura creativa enjaulada por conceptos impostores, los mismos que la llevarían a la herejía de quebrar sus hijos de piel fría recluyendo por insania lo que no fueron más que sentires del querer. Cuánto comunica el vencimiento corporal en la figura arrodillada proyectando en el ademán ese agarrarse ya sin fuerzas a un presente que la rechaza bosquejando la instancia triste de su futuridad. Cuánto modula mudamente el dominio femenino que se lleva vaciándola de ausencias al hombre que se deja llevar. Parece que el aire se puebla de gemidos haciendo rasguños con deliberada lentitud a ese instante de apartamiento. Gana la materia el subrayado contrapunto de un ocaso de ilegítima incomprensión. Petrificado queda un poema hermoso descortezado en su silencio de toda rima que pueda lastimar, bruñido tal vez con lágrimas migratorias en manos que aprendieron a llorar en el carnizal desdoblado desde la cavidad de la angustia.
Tags: ensayo, escultura, camille_claudel