Domingo, 31 de julio de 2011

Maestro de Leiden, "Naturaleza muerta con libros" (óleo sobre tabla)

 

Miro esta geografía afónica. Momentos abovedados exhudan una página suelta de palabras epiteliales con sus ecos rebotando, reverberaciones de hambre o hartura, de sed o borrachera en rumor, como un arrullo de voz insinuada, inacabada. La gramática del alma con su fragilidad... Sí, la memoria es un libro que también se rompe, se arruga, se le doblan sus esquinas en algún pasaje que se encapricha en ser recordado, que invita a volver sobre él para recorrer con el dedo los párrafos subrayados de algún día, aunque para entonces sus páginas sean papeles fracturados o, en la mejor de las suertes, cicatrices de suturas que recomponen las letras muertas, los borrones malheridos... Porque las letras también tienen sus lesiones, sus arañazos, sus contusiones inmortalizando el deseo de sobrevivirlas. Vocablos vivos golpeados de muerte regalan su lágrima en un conjuro de poesía, tinta dormida en un testimonio despierto de misticismo pagano. Es el manuscrito de la piel, arrugas amanuenses de historias, pliegues que argumentan o callan, páginas vitalicias que necesitan su conciliación, que son escritas siempre hacia dentro, con matices obvios a veces, degradados otras tras el hálito del rencor de la mentira, de ese malabarismo caligráfico del latir artificial para no desentonar, para hacer el acopio de tolerancia que abrigue el collage del ser desvalido. Acaso por eso tirita el residuo poético que fluye en la vena, como un desecho que se agarra a la intuición de la carne. Grita anónima, en lo rojo, entre el desdén y la caricia del rubro que no la quiere escuchar. Pero ella clama, busca, trasega los olvidos y los sueños a la par que reivindica la conciencia más recóndita... Hurga como una lengua en la magia del beso. Hurga los miedos tras los ritos escapistas de mañanas y ayeres que inhuman un presente que se vuelve aborto de esencia o sobrevive, con su olor a nostalgia abandonada, entre el hollín y la indiferencia expansiva del tiempo. ¿Es que nadie la ve? Una página desgarrada sobrevuela al azar su propia penumbra, se alza y se cae, avanza y retrocede, dibuja remolinos bajo la ventisca emocional, al son de una música inaudible, quizá esperando que unos brazos se extiendan hacia ella con ternura, que la arrimen al calor de un pecho en el trayecto de regresarla al hogar, al cuaderno vivo del que a golpe de instantes se desencajó, hogar con rostro y nombre en el vademécum inefable de las entrañas..., donde se sepa naturaleza no muerta.


Publicado por CBarja @ 20:00  | Ensayo
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios