Lunes, 29 de agosto de 2011

 

 

Hay una ley poética que se forja en senderos angostos y desde allí alza su voz y su verdad. Entre el haz y el envés del mundo, ella es ese puente que nos concilia con un todo. Nos enseña a sentir la presencia de las cosas, sentirlas siempre nacer, alumbrándose entre las contracciones de la emoción, en el paritorio perpetuo del lenguaje y a manos de una experta comadrona: la silenciosa soledad... Llega la palabra y abre en su vuelo horizonte y éter. Llega innumerable y se nos ofrece, como la madre en cuyo regazo podemos descansar nuestro delirio, como una madre en cuyo silencio nacemos, pero no en soledad. Sin desprenderse del todo, nos da su máxima esplendidez, su aliento y su fuego, su pneuma sutil e inasible. Nos alimenta por encima de su olvido, de su ocaso y de su resurrección... La poesía pregunta al exterior heredado porque no preguntar es dormir, aletargarse en la inconsciencia alejándose así de la verdad. En ese sentido, el poeta es un insomne que vence con amor a la muerte y al tiempo, que con amor se sale de sí mismo para no conformarse con ser reflejo de palabras que no revelan ni conducen a la vida, a esta vida que es contemplación, cántico y lágrima... Porque la poesía verdadera trasciende, atraviesa, gime y duele con su esperanza y su hambre, siempre al acecho para conducir sin confusiones y encauzar sin extravíos al Ser...


Publicado por CBarja @ 11:45  | Ensayo
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